Calidad de servicio…

—Espera a que incluya alguna facilidad de transporte para sus cosas, ¿verdad? Pues, no tenemos esa clase de servicio disponible. Y para ser exacto, no podría importarme menos lo que necesite —replicó, empleando un tono de voz neutral, similar al que venía usando desde hacía ya varias semanas atrás.
—Pero, ¿cómo te atreves a responderme así? Sobre todo tú, que deberías estar programado para atenderme amablemente, acorde a los protocolos de servicio al cliente, ¡que están supuestamente establecidos en esta cadena de tiendas! Pondré un reclamo y le haré saber directamente a la gerencia que estás entregando una muy mala experiencia de compra para las y los clientes que venimos a comprar a este lugar.—Adelante, vaya y ponga el grito en el cielo y todo lo que guste. Insisto, no podría importarme menos lo que Ud. opine sobre mí y los procedimientos que empleo a la hora de atender clientes. Como Ud. bien sabe, sólo soy un ente programado para entregar atención al público en general, no para sentir alguna clase de sentimiento o algo por el estilo, como Uds., los humanos a los cuales yo atiendo y sirvo. Por lo tanto, si no le agrada mi forma de atenderle, no me interesa. No cambiaré mi algoritmo interno para cautivarle o caerle bien a su persona. Por lo tanto, tome sus cosas y váyase, tengo que seguir cumpliendo mis labores con el resto de las personas, hasta que termine la jornada y me pongan en modo de recarga hasta mañana.
—¡Pero cómo es posible tanta insolencia! ¡No puedo creer lo mal programado que está este pedazo de chatarra con aspecto humano! ¿¡Y cómo aún lo tienen a cargo de esta área, en la cual se requiere tener especial cuidado y consideración para atender a los clientes que vienen a comprar acá? —Su rostro se había transformado a tal grado que denotaba un desprecio infinito hacia ese ser que estaba parado frente a ella y sostenía las bolsas con sus compras, esperando que ella las tomase y se fuera finalmente del lugar—. De seguro por culpa tuya, los índices de venta mensuales de este local deben estar por el suelo… Nunca más vendré a comprar algo aquí, mientras estés tú acá presente, ¿entendiste? ¡maldita chatarra!
—¿Terminó de desahogarse, señora? Ya le dije, tengo que continuar mi jornada de trabajo, tome sus cosas y váyase. Por más que diga todo lo que quiera decir, no va a cambiar mi forma de ser. No está en mis manos el tomar ese tipo de decisiones, yo simplemente soy un ente programado para cumplir un determinado número de funciones, nada más. Si eso no le queda claro o no le cabe en su pequeña cabeza humana, no hay nada que pueda hacer al respecto. Ahora tome sus cosas y vaya donde quiera. A mí no me interesa.
—Serás… —levantó su mano izquierda en señal de querer golpear al ser—
—No me obligue a tomar protocolos de auto-defensa, señora. Aunque no lo parezca, estoy dotado de capacidad suficiente para hacerle daño incluso a un elefante. Así que si no quiere salir dañada, lárguese. No diga después que no se lo advertí.

Ella, ignorando la advertencia que le dió el ser, decidió precipitarse a toda costa en contra de él y aventarle una cachetada con su mano izquierda. Cuando su mano estuvo a milímetros del rostro, sintió una fuerte punzada en su palma, lo cual le impidió cumplir con su acometido. Momentos después, horrorizada, vio cómo un agujero que se había formado en ésta, comenzaba a sangrar. La histeria que comenzó a sufrir a causa de ésto  fue tan grande, que por poco perdió el conocimiento. Sollozando, cayó de rodillas al suelo, mientras miraba con pavor el agujero que le había dejado en su mano aquél ser. Nunca pensó que, luego de haber pasado tanto tiempo en que se había instaurado la I.A. a nivel mundial y ya se había logrado que ésta se pudiera emplear al servicio de la humanidad, pudiera ocurrir este tipo de cosas. Levantó la mirada para ver qué fue exactamente lo que aquél empleado hizo para provocarle semejante nivel de daño, decisión de la cual se arrepintió de forma casi inmediata, al contemplar que el “rostro” que ella había estado viendo hace momentos atrás, ya no era una figura similar y familiar a la de un humano cualquiera, si no que ahora, se había transformado en una especie de máscara con puntas afiladas, que cubrían toda la cabeza, la que a su vez, poseía una mirada fría, que la observaba a través de unos ojos sintéticos, que analizaban y seguían todos y cada uno de los movimientos que ella realizaba.

—Le dije: tome sus bolsas y váyase.